Mayo 2019
La ingenuidad como negocio
No cabe duda de que la situación medioambiental, tan deteriorada por la actividad humana, debiera ser la prioridad de nuestra atención; no obstante, nos plantean cumbres y foros internacionales donde se trata el “cambio climático” en los que, ¡oh, sorpresa!, se hace aparecer como solvente la idea de que la actividad industrial y comercial del sistema social y económico en que vivimos no tienen ninguna incidencia.
Ante eso no es extraño que sea el propio sistema el que promueva y financie plataformas de denuncia y abandera luchas contra el cambio climático... Se logra así que nuestra ingenuidad convierte a la denuncia en un doble negocio, el que genera la difusión y movilización y el de la posibilidad de que las cosas continúen como hasta ahora, -entiéndase producción, explotación y distribución-, naturalmente inviables, pero posibles incrementando el deterioro del Planeta y masacrando a los habitantes menos favorecidos, víctimas necesarias que deben desempeñar el papel de la nueva esclavitud.
Pensemos..., ¿Qué estimula la idea de lucha?; ¿qué grado de frustración se va generando cuando se constata que cada día se descubren más aspectos de la brutal forma que la tecnología y la ciencia, sin sabiduría ni ética, han desarrollado como forma “ideal” de producción?
¿Es la emocionalidad que despierta la idea de lucha algo creativo y que nos encamina a una comprensión adecuada de lo que acontece y, como conjunto social, aceptamos?
Hemos herido a la Vida “en la línea de flotación”, muy mal lugar por cierto, peor ahora porque se está desatando una tormenta que tal vez no permita a la “nave” llegar a una rada resguardada para reparar la “vía de agua”.
¿Saber esto nos debe paralizar y convertirnos en las previsibles víctimas de depresión que se espera acentuada en los próximos años? Esperamos que no.
Este editorial no es una denuncia, esa no es nuestra intención... Estamos proponiendo que reflexionemos y sintamos profundamente que somos seres vivos que navegan por el Cosmos y cuyo sentido nos toca descubrir.
Hace unos días, subíamos de un pequeño valle de filmar unas ovejas lejanas que todavía no han parido y que allí los pastores las agrupan; pequeños puntos blancos en la distancia que se mueven con ritmo distinto a los de los compases mientras crean líneas muy lejos de lo recto y de lo rígido.
En nuestro andar, envueltos en las últimas luces del día, de pronto vimos una roca prominente de superficie lisa que brillaba contenida, sin estridencias como corresponde a esos momentos del día.
Contemplamos aquello en silencio y, luego, cuando llegamos al todoterreno de nuestro guía, un arquitecto que vive por estos parajes y que también tiene ovejas y sabe de quesos y lana, compartimos lo impresionante que fue vivir la experiencia de la subida en la que, inexplicablemente, sentimos la realidad en su ser tal, la realidad no forzada, la realidad de lo espontáneo.
Ahora pensamos que esa experiencia puede ser una respuesta a qué hacer y cómo y por qué hacerlo.