Uso y abuso de nuestra Tierra de José Rodríguez
La fotosíntesis consiste en la transformación de materia inorgánica en orgánica utilizando la energía de la luz solar. En ese proceso, los organismos fotosintéticos absorben dióxido de carbono - CO2 - que combinan con minerales y agua para formar todos los compuestos que constituyen la vida sobre la tierra (La fotosíntesis está en la base de la inmensa mayoría de la vida pero no de su totalidad. Existen microorganismos que no dependen de la luz solar, extrayendo su energía de fuentes hidrotermales o de la descomposición de productos químicos). Un subproducto de este proceso, que también se llama función clorofílica, es el oxígeno.
La atmósfera de la tierra primitiva era rica en CO2 y pobre en oxígeno (El experimento de Miller utilizó una mezcla de metano, amoníaco, CO2 , nitrógeno y agua. El oxígeno no estaba presente); fue la acción de las bacterias fotosintéticas, las algas y las plantas la que invirtió esta situación hasta hacerla favorable a la vida tal como la conocemos. El exceso de CO2 de aquella atmósfera primigenia no desapareció: está fijado en los depósitos de carbón, yacimientos de petróleo, bolsas de gas, hidratos de metano y otras formas de lo que llamamos “energía fósil”. Cuando quemamos cualquiera de estos productos, liberamos parte de la energía solar que aquellos organismos primitivos almacenaron en forma de enlaces químicos en sus tejidos y del anhídrido carbónico que absorbieron. La fotosíntesis está en la base de todas las cadenas tróficas al crear materia viva a partir de minerales que, de esa forma, puede ser asimilada por otros seres vivos que, a su vez, servirán de alimento a otros, pero cada uno de estos pasos implica ineficiencias, es decir, una planta no es capaz de aprovechar toda la energía solar que reciben sus hojas; el herbívoro que come esa planta no puede utilizar la totalidad de la energía que la planta asimiló ni tampoco lo hace el carnívoro que devora al herbívoro. La evolución ha resuelto el problema creando complejísimos sistemas que tratan de aprovechar al máximo la energía disponible, en los que los desechos de unos son los alimentos de otros, en los que todo se recicla en un delicado y maravilloso equilibro capaz de sustentar una asombrosa diversidad de formas de vida.
A mediados del siglo XIX los mapas del mundo aún presentaban espacios en blanco. Regiones del centro de África y del ártico así como todo el continente antártico todavía no habían sido visitadas y cartografiadas por los europeos. La población del planeta era de unos mil trescientos millones de personas. La revolución industrial, que se había iniciado hacía un siglo, se hallaba en pleno auge y el mundo parecía muy grande. Se pensaba que recursos como el aire, el agua, los árboles o la superficie cultivable eran prácticamente infinitos. El carbón se quemaba sin ninguna consideración, pues se tenía la convicción de que la naturaleza era capaz de absorber cualquier cantidad de desechos sin inmutarse.
Transcurridos ciento cincuenta años, en los que el conocimiento y la información han crecido exponencialmente, sabemos que los recursos del planeta son limitados y tenemos conciencia del delicado equilibrio entre todos los seres vivos y de éstos con el entorno. También sabemos que los seres humanos causamos un gran impacto en la naturaleza y estamos alterando seriamente su equilibrio con consecuencias que, aunque desconocemos su amplitud, hace tiempo que estamos experimentando. La contaminación del aire, del agua y de la tierra, la destrucción acelerada de los bosques o el calentamiento global ya no son previsiones. Somos más de siete mil millones de personas pero seguimos actuando como cuando éramos una fracción de esta cifra. Desde un punto de vista antropocéntrico, al ser humano podría no interesarle lo que le ocurriera al resto de los seres vivos mientras él fuera capaz de sobrevivir como individuo y como especie. El problema es que, como seres vivos, no somos especiales. No podemos alterar el equilibro de la naturaleza sin dejar de sufrir las consecuencias porque formamos parte inseparable de ella.
No podemos eliminar las “ineficiencias” inherentes a la transformación de energía solar en productos vegetales y de éstos en tejidos animales. En las reacciones físicas, fisiológicas y bioquímicas que supone dicha transformación se originan productos de desecho y calor; detrás subyacen principios fundamentales de la naturaleza como los de la termodinámica que, en resumen, suponen que, en cada paso del proceso, inevitablemente se producen pérdidas de materia y de energía “útiles”. No obstante, la humanidad, desde el origen de la agricultura y de la ganadería, ha intentado maximizar los rendimientos – o minimizar las ineficiencias – mediante la selección de especies más productivas. Durante miles de años, mientras la población se mantuvo en niveles cuantitativamente bajos y con patrones de consumo per cápita muy inferiores a los actuales, la sostenibilidad no fue un problema (A nivel global. Localmente, es bien conocido que han existido civilizaciones que se han extinguido por un manejo inadecuado de los recursos), pero eso está cambiando rápidamente.
El consumo mundial de carne sigue gozando de una de las mayores tasas de crecimiento
entre los principales productos alimenticios, crecimiento liderado en la actualidad por las economías emergentes BRICS (FAO. Perspectivas Agrícolas 2013 – 2022). Un informe de la FAO (Las repercusiones del ganado en el medio ambiente. Enfoques / 2006. Departamento de Agricultura y Protección al Consumidor de la FAO) señala que la producción pecuaria es una de las causas principales de los problemas ambientales más apremiantes del mundo, como el calentamiento del planeta, la degradación de las tierras, la contaminación atmosférica y del agua, y la pérdida de biodiversidad. Con una metodología que contempla la totalidad de la cadena del producto, el informe estima que el ganado es responsable del 18% de las emisiones de gases que producen el efecto invernadero, un porcentaje mayor que el del transporte. El pastoreo ocupa el 26% de la superficie terrestre y la producción de forrajes requiere cerca de una tercera parte del total de la superficie agrícola. La expansión de las tierras de pastoreo es un factor decisivo en la deforestación, sobre todo en América Latina: un 70% de los bosques amazónicos se usan como pastizales, y los cultivos forrajeros cubren una gran parte de la superficie restante. Cerca del 70% de las tierras de pastoreo en las zonas áridas están degradadas, principalmente a causa del exceso de pastoreo, lo que ocasiona la compactación de la tierra y la erosión.
Asimismo, el sector pecuario interviene en el calentamiento del planeta, lo que a menudo no se reconoce. El sector pecuario produce el 9% de las emisiones antropogénicas de CO2, gran parte a causa de la ampliación de los pastizales y de las tierras agrícolas destinadas a la producción de forrajes, y genera un volumen todavía mayor de emisiones de otros gases que tienen más potencial de calentar la atmósfera: hasta un 37% del metano antropogénico, casi todo procedente de la fermentación entérica de los rumiantes, y el 65% del óxido nitroso antropogénico, la mayor parte procedente del estiércol.
Con frecuencia se aportan comparaciones que relacionan la superficie necesaria para mantener una cabeza de ganado como guía para entender la magnitud del problema. No obstante, esto también puede dificultar la comprensión en su conjunto porque no es comparable un área de estepa o semidesértica con otra ubicada en Europa Occidental; además, habría que diferenciar entre las distintas especies que se pastorean y su peso relativo en la ganadería mundial. Sin embargo, creo que como resumen, las cifras, proporcionadas por la FAO en el informe El Estado Mundial de la Agricultura y la Alimentación 2009, son esclarecedoras. El informe destaca que el ganado es el mayor usuario mundial de los recursos de las tierras: las tierras empleadas en el pastoreo y en la producción de forrajes representan prácticamente ¡el 80 % de todas las tierras agrícolas! El sector emplea 3.400 millones de hectáreas en el pastoreo y 500 millones en la producción de cultivos para la alimentación animal (Steinfeld et al., 2006); esta última cifra corresponde a un tercio de las tierras de cultivo totales. El área total de las tierras ocupadas por los pastos equivale al 26 % de la superficie terrestre que no está cubierta por hielo, como señalamos con anterioridad. En otras palabras, la ganadería y los forrajes ocupan una superficie agrícola cuatro veces superior a la destinada a todo el resto de especies alimenticias e industriales. La suma de la superficie mundial destinada al pastoreo y al cultivo de forrajes es de 3.900 millones de hectáreas ¡39 millones de kilómetros cuadrados! (recuérdese que la superficie total de España apenas supera el medio millón de kilómetros cuadrados).
El enfoque tradicional para paliar este problema, incluyendo el de la FAO, es el incremento de la eficiencia mediante adelantos tecnológicos, incluyendo la mejora genética del ganado. Sin entrar a discutir esa vía, existe otra mucho más efectiva: promover el menor consumo de carne o, aún mejor, el consumo cero. Con frecuencia se ven recomendaciones dietéticas de carácter general que aconsejan disminuir el consumo de carne y aumentar el de pescado. En realidad, esto supondría simplemente trasladar el problema de la tierra al mar, que ya sufre una presión muy importante sobre sus recursos.
Deberíamos contemplar la reducción del consumo de proteínas de origen animal no sólo como una opción de bienestar personal –que lo es–, sino también, y sobre todo, como una forma muy significativa de contribuir a la mejora de la salud del planeta.

José Rodríguez
Ingeniero Agrónomo