UBUNTU, ¿Competencia o cooperación? de Ignacio Abella
Al principio era el Gran Espíritu. Un águila. Y una pluma se separó del Gran Espíritu. Y la pluma dijo:
- Soy parte del Gran Espíritu. Luego, yo soy el Gran Espíritu.
Esta pluma era la humanidad. Y el Gran Espíritu, para castigar su soberbia y darle una lección de humildad, creó a los cuatro vientos que la zarandean de un lado a otro y no la dejan posarse.
(La voz del viento, leyenda amaysi)


Huiquimill nos contó ésta y otras muchas historias recogidas directamente de la tradición oral de las tribus americanas. Y aprendimos que un cuento es como una semilla que se siembra en el periodo y lugar adecuados que germina y brota en el momento propicio. Los seres humanos nunca dejamos de establecer alegorías que tratan de explicar nuestro comportamiento en función de los modelos naturales. Pero la madre naturaleza es ante todo maestra del pensamiento diverso.
El mismo impulso que hizo que los árboles evolucionaran para elevarse sobre el resto de los vegetales y captar mejor la luz, funciona dentro del mismo árbol cuyas ramas bajas se secan por falta de savia y de luz, lo que favorece a las ramas altas, así, todas colaboran, alimentan y sirven al mismo árbol.
Por otra parte, un hecho bien conocido por los silvicultores es que el tocón de un árbol talado puede continuar viviendo durante décadas, por la simple “solidaridad” de sus vecinos, incluso sin ningún rebrote. Bajo la tierra, las raíces se entrelazan e injertan, se confunden hasta perder la individualidad aparente que mantienen los árboles en superficie.
Lo decía el maestro Neruda en sus versos de manera magistral: “El humus ha dejado en el suelo su alfombra de mil años. Los árboles se tocan en la altura, en la unidad
temblorosa. Abajo, oscura es la selva. (...) y mi caballo pisa el blando lecho del árbol dormido, bajo la tierra los árboles se entienden y se tocan; la selva es una sola, un gran puñado de perfume, una sola raíz bajo la tierra, una sola raíz”. (Sólo el hombre).

La Ley de la Selva
La sabiduría popular en boca del proverbio africano lo expresa así: “En la selva, mientras las ramas se pelean, las raíces se abrazan”.
Y la ley de la selva, aunque para muchos la entienden como una pugna constante y despiadada, es el impulso para la evolución de individuos, especies, ecosistemas y
sociedades; podemos afirmar también que la coexistencia, basada en la adecuación y la cooperación, son del mismo modo las vías para el desarrollo y la supervivencia del ser humano.
Un buen ejemplo es “Ubuntu”, un concepto que al parecer nace en la cultura xhosa de Sudáfrica y cuyo significado podría traducirse como “si ganan todos, tú ganas”; aunque existen otras muchas traducciones que, en definitiva, expresan solidaridad y humanidad. Quizá la mejor explicación es la anécdota que cuenta cómo un antropólogo propuso a unos niños africanos un juego: Colocó un cesto con frutas al pie de un árbol y, a una señal, debían correr para llevarse el cesto. Entonces dio la voz de salida y los niños se cogieron de las manos y, corriendo todos juntos, llegaron al cesto y empezaron a repartirse las frutas riendo. Cuando el antropólogo preguntó por qué lo habían hecho así, le respondieron simplemente: “Ubuntu” y le aclararon que uno no puede ser feliz si no son todos felices. Esta anécdota pertenece seguramente más al imaginario colectivo que a la realidad pero refleja muy bien el espíritu que se quiere transmitir. Se dice que la filosofía Ubuntu, y su práctica por parte de Nelson Mandela y sus seguidores, hizo capaz el milagro de la convivencia pacífica tras el inhumano apartheid en Sudáfrica. No se trataba de perdón u olvido, sino todo lo contrario, es decir, la búsqueda, tras un atroz sistema de esclavitud, de una fórmula que, a pesar de los pesares, permitiera superar el racismo y el odio y comenzar una nueva era de convivencia.
Ubuntu no puede ser en modo alguno la ideología del hormiguero en el que se renuncia a la individualidad a favor de un colectivo. Es más como el canto africano en el que las voces distintas crean una armonía y una conjunción que une al grupo y crea una unidad sublime. Más aún, se usa la expresión “tener Ubuntu” y se explica que “una persona es una persona sólo a través de otras personas”. Y es que ciertamente hablamos de un modo de entender y vivir la vida; de una filosofía o forma de pensamiento que no excluye las ideas y necesidades del otro. De hecho existe una sana competencia que busca establecer el lugar que cada uno debe ocupar dentro de un sistema que nos impulse a crecer y mejorar individualmente y como grupo.
El problema surge cuando esta competencia se vuelve salvaje e insostenible. Cuando una pequeña parte crece exponencialmente a costa del todo, como un cáncer. Esta idea
puede aplicarse a un cuerpo, una familia o grupo humano, la sociedad, la economía y los mercados, el paisaje local o el propio planeta y, en todos los casos, si no hay “Ubuntu”, el sistema tarde o temprano terminará colapsando.
Ignacio Abella