Diciembre 2018
Reaccionamos con presteza y agradecimiento antes las indicaciones que nos hacen los que nos advierten sobre algún error o peligro. Por ejemplo, hay muchas personas que al ver que, mientras circulamos, una puerta de nuestro vehículo está mal cerrada, nos lo hacen saber. Cuando la comunicación se ha establecido, es decir, cuando reconocemos el mensaje, actuamos en consecuencia y, además, mostramos agradecimiento. La expresión de agradecimiento es recibida con satisfacción por parte del extraño que nos ayudó a corregir la situación inadecuada y este proceso, natural y espontáneo, suele pasar a la consciencia creando, digámoslo así, un algo grato.
Se ha descubierto que, desde sus comienzos, la vida siempre ha tenido en cuenta la necesidad de comunicar todo lo que es necesario para que la evolución se produzca, comunica advertencias, comunica necesidades, comunica hallazgos... Comunica permanentemente información veraz y útil.
¿Qué nos está pasando que no reaccionamos ante las advertencias que ponen de manifiesto las devastadoras consecuencias de la actividad inadecuada de una parte importante de la humanidad?
¿Por qué, si sabemos lo que es la estupidez, la falacia y la mentira, nos dejamos seducir por la barbarie de los que destruyen nuestro Planeta y por qué nosotros aceptamos sus propuestas, su propuesta de estilo de vida?
¿Por qué no atendemos a la información veraz, veraz por constatable, y reaccionamos consecuentemente?; ¿por qué no dejamos de producirnos como estúpidos seducidos?; en cualquier caso, ¿por qué preferir la seducción?
¿En qué momento y por qué dejamos de ser sensibles a cierto tipo de información? ¿Por qué hemos aceptado la banalización de cosas tan brutalmente desastrosas como el horror de la guerra o la intervención desmedida en el proceso que llamamos vida?
Al despreciar la inteligencia y sensibilidad de la que estamos dotados, nos duele cada día en forma de depresión, de ansiedad o de frustración; dejamos de ser lo que podemos ser y, enajenados, de manera desesperada buscamos esa satisfacción definitiva, sólo que de manera equivocada, equivocada también por constatable, nadie lo ha logrado tratando de satisfacerse sin tener en cuenta al resto del universo.
Hoy ya podemos actuar no por miedo y sí con inteligencia, lo que implica también sensibilidad; en nuestra época la evolución nos ha hecho saber de lo profundo, lo que está más allá de la apariencia, y podemos aceptar una realidad orgánica e interdependiente. Interdependiente supone no dual, supone no cosas que un sustantivo pueda expresar rigurosamente.
Ahora nos queda la adaptación tras la adecuada interpretación de la experiencia de vivir, algo nuevo que ocurre porque, por primera vez, en nuestro Planeta hay consciencia consciente. Antes nadie actuó sintiéndose “yo”. La confusión creada por ese “yo”, que creímos independiente y la insatisfacción y angustia que hemos vivido por ello, va tocando a su fin.
Durante mucho tiempo, vivir de forma coherente significó que las posibilidades de la ciencia y la tecnología tendrían soluciones a lo que, por complejo e indefinible, hemos llamado “problema medioambiental”, en el que incluimos el “cambio climático”. Sin embargo, esa esperanza va desapareciendo. Desaparece en la medida que comprobamos la imposibilidad de dominar al Planeta como, sin éxito, lo hemos intentado en distintas zonas y momentos (piénsese en el Mar de Aral, por ejemplo) con resultados tan catastróficos como la desertificación y sus graves consecuencias en el conjunto de lo viviente.
Ahora, al tomar consciencia de lo inviable del camino tomado y de la imposibilidad del pensamiento lógico y deductivo para afrontar la complejidad de un sistema que en todo el Universo se autorregula, se nos abre la maravillosa aventura de comprender.
Aventura que, para ser iniciada, se requiere que consideremos las potencialidades humanas poco desarrolladas y atendidas como, por ejemplo, la sabiduría que nos permita interpretar lo que significa que acontezca nuestra respiración y que exista una atmósfera que deriva de las, sin número, relaciones armónicas que la producen y la ha estabilizado durante miles de millones de años.
Nadie tiene una solución global pero todos tenemos que comprender esta nueva situación en la que estamos y que es imperativo afrontar. Es la primera vez que ante nosotros se presenta la necesidad de saber y actuar conforme a la evolución del conjunto al que nadie es ajeno.
No sería sensato no tener presente que los humanos, como todo acontecer, somos manifestación de la singularidad de este Planeta que, a diferencia de todo lo conocido, evoluciona desde hace cuatro mil quinientos millones de años hacia niveles de mayor energía potencial.