"La Aventura de Comprender con la Mirada" de Manuel Díaz Noda
Desde los orígenes de la humanidad, hemos tenido la necesidad de contar historias, de explicar nuestra visión de lo que nos rodea a través de la ficción. La narración nos hace sentirnos menos solos, nos alumbra en la oscuridad del desconocimiento y nos permite ver alternativas a la realidad que nos rodea. Sin la posibilidad de adentrarnos en esos mundos imaginados sería imposible para el ser humano evolucionar. El arte de contar historias nos hace creer que otra realidad es posible, soñar con un futuro mejor y anticiparnos a las consecuencias de nuestros errores. Nos ayuda a aprender de lo experimentado, pero también de lo quimérico. Nos permite conocer los diferentes rincones del planeta sin necesidad de visitarlos físicamente. Nos capacita para ser quienes no somos y aprender de los que son diferentes. Cada historia es una nueva aventura, un nuevo reto, del que posiblemente salgamos transformados. Lo vemos ya como un acto cotidiano, un divertimiento, una ilusión, pero hasta el más insustancial de los relatos, la más insignificante de las historias, hace mella en nosotros, de una forma u otra, de manera más o menos significativa, para bien o para mal. El ser humano no es impermeable, sino que está en sintonía con todo lo que le rodea. Consciente o inconscientemente, aprende a través de la experiencia, ya sea física, intelectual o emocional.
Desde su creación en 1895, el cine ha aprendido a desarrollar su propio lenguaje para contar historias, y en poco tiempo se ha transformado en la forma artística más consumida por el ser humano. Su faceta más lúdica le ha abierto las puertas del ocio y rápidamente quedó patente que, a partir del siglo XX, el lenguaje audiovisual estaba llamado a convertirse en el modo de comunicación más importante. Hoy en día, nuestra sociedad es ampliamente audiovisual, pese a que la falta de formación en este sentido nos convierte a muchos en un nuevo tipo de analfabetos. Decodificamos ese lenguaje por intuición o repetición, pero ignorantes de la verdadera estructura de sus signos. Sin este conocimiento somos cometas al son del huracán, que nos empuja hacia donde más le conviene. Debemos aprender, por lo tanto, a convertir esta herramienta en un aliado y no en un tirano. Narración y lenguaje entran, por ello, a formar parte de nuestra aventura de comprender. Hasta la película más fantástica parte de nuestro conocimiento del mundo, refleja nuestra visión de la sociedad, el contraste con otras civilizaciones, nuestro vínculo con la naturaleza, el empeño que hemos desarrollado en crear una realidad a nuestra medida y en qué manera esa utopía nos pasa factura. La actividad de cinefórum que proponemos se adentrará en estos territorios y en la manera que han encontrado los cineastas escogidos para expresar estos temas de una manera que sea significativa para el espectador, y a ser posible también transformadora y trascendental.
En “La Sal de la Tierra”, el director alemán Wim Wenders se acerca a la figura del fotógrafo Sebastião Salgado. Se trata de una mirada intimista a su obra artística, pero especialmente al modo en que sus fotografías han servido para dar a conocer una realidad en muchos casos escondida a los ojos del Primer Mundo y, por extensión, también a la forma en que su trabajo le ha afectado a él a nivel personal y familiar. Salgado ha asignado una responsabilidad moral a las imágenes que capta de la realidad y el distanciamiento que permite el objetivo de la cámara en este caso no ha impermeabilizado al autor con respecto a la crudeza de lo que retrata. Wenders, por su parte, cede todo el protagonismo al fotógrafo y su obra, evitando incluso algunos manierismos del cine documental a la hora de tratar la imagen estática. Las fotos de Salgado se muestran como son, sin ningún efecto ni paneo que dramatice o dinamice su presencia en pantalla. Para el cineasta, el impacto de la foto ya es lo suficientemente poderoso y no es necesario enfatizarlo de manera artificial con la postproducción de la película.
Por su parte, Akira Kurosawa se alejó en 1975 de su zona de confort al adaptar la obra autobiográfica de Vladimir Arsenyev “Dersu Uzala”. Esta película supuso el difícil regreso del cineasta a la dirección, cinco años después del fracaso comercial de “Dodes'ka-den”, que le provocó una profunda depresión y hasta un intento de suicidio. Para financiar esta adaptación que él había estado intentando levantar desde la década de los 50, tuvo que recurrir al gobierno ruso ya que ningún estudio japonés se atrevía a poner el dinero. La cinta establece dos culturas diferentes a la hora de comprender el mundo que nos rodea. Arsenyev representa el mundo moderno, la civilización que ha roto sus lazos con la naturaleza y ha creado sus propios modelos de conducta; por otro lado, Dersu Uzala representa la tradición, una forma de vida anacrónica y en extinción, pero que, en el entorno natural donde se desarrolla la historia, mantiene una sabiduría popular vital para su supervivencia.
Wenders y Kurosawa, Salgado y Dersu, evitan las respuestas, prefieren establecer preguntas que ayuden al espectador a reflexionar y a aprovechar ese razonamiento para aprender y comprender mejor la realidad que le rodea. Ese es también nuestro objetivo con el cinefórum: establecer un debate abierto y ver hacia dónde nos conducen nuestras conclusiones.
Manuel Díaz Noda