Junio 2019
El 24 de diciembre de 1968 se tomó una imagen de nuestro Planeta desde la nave Apolo 8 por el astronauta Bill Anders; los habitantes de la Tierra pudimos ver, flotando en un espacio sin límites, una esfera azul sobre la que también aparecía el agua que nos sobrevuela, las nubes con sus siempre cambiantes y bellas formas.
Para muchos fue el comienzo de una nueva forma de saber y sentir el mundo. Es esperanzador y estimulante darnos cuenta que, cuando nos sorprendemos contemplando sin prejuicios, la apariencia da paso a un saber más profundo e inspirador.
Hemos llevado mucho tiempo, todavía demasiadas personas lo hacen, suponiendo ser quienes no somos. Las culturas desarrolladas a partir de consideraciones muy romas y muy alejadas de lo que realmente somos han creado una brecha profunda entre la Tierra, donde la vida es, y la idea que nos hacemos de nosotros.
Durante siglos hemos estado en lucha contra lo que hemos considerado un entorno hostil del que es necesario protegerse dominándolo y explotándolo.
Muy posiblemente, muy tarde ya para muchas futuras generaciones de distintas formas de vida, la conciencia humana, la que genera cultura y determina qué hacer y cómo, ha empezado el camino de reconciliación con nuestro azul hogar que flota y se relaciona con nuestra cercana estrella en un todavía muy desconocido y fascinante Universo.
Todavía tardaremos mucho en sabernos y sentirnos no dos con todo lo que se manifiesta pero es cierto también que ya las primeras llamadas de atención, que algunos hicieron hace más de 2.500 años, adquieren de nuevo sentido, inteligible y sensible, gracias a una bella imagen.