Septiembre 2019
Editorial de septiembre
Cada vez hay más personas sensibles a la necesidad de saberse en el medioambiente, algo imprescindible no sólo en las actividades industriales sino también en la vida personal.
Atrás ha quedado la idea que se tenía en los años setenta sobre los movimientos ecologistas como otro movimiento comparable al hippie o a lo ocurrido tras aquel mayo, el del 68.
El futuro en aquellos años se veía como un progreso sin fin movido por un uso ilimitado de energía fósil que no tenía otro inconveniente que el precio. El dinero era la riqueza y lo que generaría la tan deseada felicidad.
Ahora la realidad de aquella ilusión va quedando al descubierto y el miedo al colapso medioambiental ha ido calando en las conciencias de muchos y empieza a haber planes de choque para evitarlo; cada vez son más frecuentes las propuestas para que la energía que se produzca y se consuma sea “limpia” y que se exija que las actividades humanas sean más acordes con el medio en el que nos acoge.
Sin embargo, unos pocos todavía comprenden que esas propuestas adolecen del fundamento que la inteligencia debe exigir ante una situación tan compleja y dramática.
Es imprescindible no llamar problema medioambiental a lo que es consecuencia del problema real que tenemos necesariamente que afrontar. El problema es que no hemos sabido interpretar qué es vivir y, sin embargo, sí comportarnos aceptando el sinsentido de creernos ser realmente los reyes de la creación para quienes todo fue hecho.
Imbuidos por esa idea que nos permite considerarnos superiores y al margen del resto de la existencia que sólo está para satisfacernos, hemos descubierto la correspondencia entre materia y energía según la expresión ΔE = Δmc2 y poco después arrojamos bombas atómicas sobre nuestros semejantes y sobre el medio en el que todos vivimos; el petróleo y el carbón nos ha permitido obtener grandes cantidades de energía hasta que esa locura nos está haciendo el daño que nunca esperamos porque no sabíamos qué es la vida ni cómo vivirla.
Otro tanto ha ocurrido con la conciencia consciente que se ha alcanzado en el Planeta, conciencia que todavía no sabemos gestionar.
Todo indica que el próximo paso evolutivo es comprender profundamente que la relación orgánica e interdependiente es la característica de lo viviente y que, como todo lo que vive espontáneamente, pensar, sentir y actuar no debe suponer una alteración irreversible de la armonía creativa que ha convertido aquella roca incandescente que fue nuestro planeta en esta singularidad del Universo donde la Vida Vive.