Editorial de Septiembre 2020
En una ocasión, el eminente biólogo Gregory Bateson reflexionó en unas de sus conferencias sobre dos silogismos. Primero presentó:
“Los hombres mueren.
Sócrates es un hombre.
Sócrates muere”.
A continuación propuso este otro:
“La hierba muere.
Los hombres mueren.
Los hombres son hierba”.
Bateson reconocía que, aunque su forma de pensamiento fuese tan poco lógica y sí más propia para un poeta que para un científico, era una manera de contribuir a la comprensión de los principios de la vida. “La vida no pregunta qué es lo lógicamente válido. Me sorprendería mucho que lo hiciese”, dijo entonces.
Ciertamente no es lógico decir que los humanos somos hierba, sin embargo no es un sinsentido... En todo caso, la conclusión de este silogismo es una metáfora interesante.
Al ser manifestaciones de la vida -ambos lo somos, los humanos y la hierba-, tiene más sentido saberse hierba que ajenos a ella... Esencialmente todos somos la misma vida, aunque sus manifestaciones sean infinitas.
Acostumbrados a ver y a identificar por las diferencias, acabamos concluyendo que los nombres establecen diferencias reales, algo que sólo es cierto en las circunstancias en las que la convención lo haga válido.
Apreciar las diferencias no nos debería llevar a confusión.
Sensibles e inteligentes, los humanos podemos reconocer que todo lo que vive es la Vida y actuar en consecuencia.